El talento no tiene fecha de caducidad
Sobre la formación deportiva, la selección temprana y la obsesión por ganar
En el deporte formativo existe una tendencia tan arraigada como peligrosa: confundir el rendimiento temprano con el talento definitivo. Se celebra a quienes destacan a los doce años, se construyen equipos alrededor de quienes parecen tener mayores condiciones y, con mucha frecuencia, se relega a quienes todavía no han encontrado su mejor versión.
Pero hay una contraparte preocupante en esa exclusión: ¿qué se está haciendo con quienes sí destacan? ¿Se está desarrollando su talento o consumiéndolo prematuramente en la urgencia por obtener resultados?
Creo que ambas situaciones son manifestaciones de un mismo problema: se ha permitido que la necesidad de ganar determine buena parte de las decisiones en etapas donde la prioridad debería ser formar.
Una investigación de Arne Güllich, Michael Barth, David Hambrick y Brooke Macnamara, publicada en la revista científica Science en diciembre de 2025, examinó evidencia sobre más de 34.000 personas de alto rendimiento en distintas disciplinas, entre ellas el deporte, la música y el ajedrez. Sus hallazgos cuestionan una creencia profundamente instalada: quienes alcanzan niveles extraordinarios en la adultez no necesariamente fueron quienes más destacaron durante la infancia.
Los investigadores encontraron diferencias importantes entre las trayectorias de quienes sobresalen tempranamente y las de quienes alcanzan la excelencia adulta. También identificaron asociaciones entre el máximo rendimiento, la diversidad de experiencias de aprendizaje y una especialización relativamente más tardía.
La evidencia específicamente deportiva resulta igual de reveladora.
Una revisión sistemática publicada en Sports Medicine en 2023, que reunió datos de más de 61.000 deportistas, encontró que el 89,2 % de quienes competían internacionalmente en categorías U17/U18 no alcanzaron ese mismo nivel internacional en la adultez. Asimismo, el 82 % de quienes llegaron a competir internacionalmente como personas adultas no habían alcanzado ese nivel durante esas categorías juveniles.
Otra revisión sistemática, publicada en 2024 en la misma revista, examinó datos de 13.392 deportistas de disciplinas olímpicas y encontró que el rendimiento juvenil explicaba apenas el 2,2 % de la variación del rendimiento adulto.
Estos datos no significan que destacar tempranamente carezca de valor, ni que especializarse más tarde garantice el éxito. Pero sí cuestionan seriamente nuestra capacidad para anticipar el futuro deportivo de una persona a partir de sus resultados durante la infancia o -incluso- la adolescencia.
Y, sobre todo, deberían obligarnos a revisar algunas de nuestras prácticas.
En disciplinas como el voleibol, donde las diferencias de maduración física, coordinación, fuerza y comprensión del juego pueden ser enormes entre atletas de una misma categoría, esta discusión adquiere una relevancia muy particular.
Una jugadora de trece años puede destacar gracias a su estatura, fuerza o maduración temprana. Otra, con menos desarrollo físico, podría poseer capacidades técnicas, inteligencia táctica o una disposición para aprender que todavía no se manifiestan plenamente en la competencia.
Sin embargo, se suele privilegiar lo inmediatamente visible. Se confunden las ventajas circunstanciales con el potencial y, en ocasiones, se convierte una evaluación realizada a los doce o trece años en una especie de sentencia deportiva.
Se pretende desarrollar talento a largo plazo utilizando criterios que privilegian resultados a corto plazo.
Personalmente considero que indispensable distinguir entre seleccionar para competir y seleccionar para desarrollar.
La selección competitiva busca conformar el equipo que ofrece mayores posibilidades de obtener un resultado inmediato. La selección orientada al desarrollo, en cambio, debería considerar el potencial, los distintos ritmos de maduración, la capacidad de aprendizaje y las oportunidades de crecimiento.
Ambas perspectivas pueden coexistir. Competir es parte fundamental del aprendizaje deportivo y ganar también tiene valor. El problema surge cuando los criterios competitivos terminan determinando quién merece oportunidades de formación y quién no.
Una persona atleta que hoy no reúne las condiciones para integrar una alineación titular no necesariamente carece de posibilidades para alcanzar un rendimiento superior en el futuro, pero cuando la participación, la calidad del entrenamiento y las oportunidades de progresar quedan condicionadas exclusivamente al desempeño presente, la selección deja de ser únicamente una herramienta competitiva y puede convertirse en un mecanismo de exclusión temprana.
Ahora bien, existe otra dimensión que me parece todavía más preocupante y de la que hablamos mucho menos: también podemos estar agotando el talento de quienes sí sobresalen.
Las personas atletas que destacan desde pequeñas suelen convertirse rápidamente en piezas indispensables. Juegan más partidos, participan en varias categorías, acumulan entrenamientos, asumen mayores responsabilidades y soportan expectativas que no siempre corresponden con su edad o etapa de desarrollo.
En ocasiones, pareciera que cuanto más talento demuestran, menos derecho tienen a descansar, equivocarse o simplemente disfrutar del deporte sin cargar con la obligación de resolver cada partido.
Yo me pregunto si no se está confundiendo el aprovechamiento del talento con su explotación.
La literatura sobre deporte juvenil reconoce riesgos asociados con las cargas inadecuadas, la especialización intensiva, las lesiones por sobre-trabajo y el agotamiento deportivo, conocido como burnout. Este último puede manifestarse mediante cansancio físico y emocional, disminución de la sensación de logro y pérdida del interés por una actividad que anteriormente producía satisfacción.
Seguramente no es científicamente correcto afirmar que estos factores explican por sí solos por qué algunas figuras juveniles no alcanzan la élite adulta. Las trayectorias deportivas dependen de múltiples circunstancias. Sin embargo, considero legítimo plantear una pregunta incómoda: ¿cuánto del talento que aparentemente desaparece fue, en realidad, desgastado por los propios sistemas encargados de desarrollarlo?
He visto cómo se depositan enormes expectativas sobre atletas muy jóvenes. Cómo se celebra que puedan competir en categorías superiores sin que nadie se detenga a pensar o a valorar las consecuencias de acumular exigencias. Cómo se confunde la resistencia al cansancio con fortaleza mental y la disponibilidad permanente con compromiso.
Y también cómo, cuando una persona atleta deja de rendir como se esperaba, rápidamente aparecen explicaciones relacionadas con su actitud, disciplina o motivación.
Pocas veces nos preguntamos si la planificación, las exigencias o las decisiones que toman coaches y familias tuvieron alguna responsabilidad en ese proceso.
Tampoco estoy sugiriendo que todas las situaciones de disminución del rendimiento sean consecuencia de una mala formación. Sería tan simplista como afirmar que toda promesa infantil llegará inevitablemente al alto rendimiento. Pero sí creo que tenemos la obligación de examinar críticamente cuánto exigimos, para qué lo hacemos y cuáles pueden ser las consecuencias.
El desarrollo deportivo no es lineal. Las personas crecen a ritmos diferentes, atraviesan cambios físicos y emocionales, modifican sus intereses y responden de distintas maneras a las exigencias competitivas.
La persona atleta no es un producto terminado a los trece años. Tampoco es un recurso ilimitado que podemos utilizar mientras produzca resultados.
En ese sentido, considero que el verdadero desafío de quienes entrenamos categorías menores es mucho más complejo que ganar campeonatos o partidos.
Debemos aprender a reconocer posibilidades donde todavía no hay resultados extraordinarios y, al mismo tiempo, proteger a quienes ya muestran capacidades excepcionales.
Esto implica planificar adecuadamente las cargas, respetar los procesos individuales, ofrecer oportunidades reales de aprendizaje y comprender que la exigencia no está reñida con el cuidado. También significa reconocer que el descanso, la diversidad de experiencias y el disfrute no son obstáculos para el rendimiento, sino componentes importantes de una formación sostenible.
No estoy proponiendo eliminar la competencia, reducir las expectativas, ni renunciar a la excelencia. Por el contrario, creo profundamente en la disciplina, el esfuerzo y la búsqueda del máximo rendimiento. Pero precisamente por eso considero que debemos cuestionar las prácticas que pueden comprometer ese rendimiento antes de que las personas alcancen su madurez deportiva y humana.
Quizá uno de nuestros errores más costosos sea tratar las categorías menores como versiones reducidas de las mayores, donde el resultado inmediato justifica decisiones que, en un contexto formativo, deberían evaluarse con criterios mucho más amplios.
Ganar a los trece años puede ser maravilloso. Lo que no debería ocurrir es que, para conseguirlo, sacrifiquemos las posibilidades de desarrollo de una atleta a los diecisiete, a los veinte o a los veinticinco.
Y esto vale tanto para quien hoy permanece en la banca esperando una oportunidad como para quien juega todos los minutos porque el equipo depende de ella.
No basta con evitar que el talento pase inadvertido. También tenemos la responsabilidad de impedir que se agote antes de alcanzar su plenitud.
Al final, tal vez deberíamos dejar de preguntarnos únicamente cuántos campeonatos ganamos con nuestras categorías menores y comenzar a preguntarnos cuántas personas continúan practicando, disfrutando y desarrollándose años después de haber pasado por nuestras manos.
Porque formar atletas no consiste solamente en descubrir quién puede ganar hoy.
Consiste, sobre todo, en no convertir nuestra necesidad de ganar en el límite de lo que esas personas podrían llegar a ser mañana.
Referencias
Güllich, A., Barth, M., Hambrick, D. Z., & Macnamara, B. N. (2025). Recent discoveries on the acquisition of the highest levels of human performance. Science, 390(6779), eadt7790. https://doi.org/10.1126/science.adt7790
Quantifying the Extent to Which Successful Juniors and Successful Seniors are Two Disparate Populations: A Systematic Review and Synthesis of Findings. (2023). Sports Medicine, 53, 1201–1217. https://doi.org/10.1007/s40279-023-01840-1
Quantifying the Extent to Which Junior Performance Predicts Senior Performance in Olympic Sports: A Systematic Review and Meta-analysis. (2024). Sports Medicine, 54, 95–104. https://doi.org/10.1007/s40279-023-01906-0






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